Una novela que más que transmitir el amor por esa
tierra castellana tan habitual en Delibes, nos desborda con el amor por una mujer. Una novela que nos
cuenta una historia personal, que nos cuenta la historia de un país, una novela
que transmite tanto sentimiento.
Un pintor de cierto renombre cuenta a su
hija sus recuerdos sobre aquel verano del 75, la preocupación por su
encarcelamiento, por el de ella y por el del yerno, por su posible tortura, por
esa niña que hay que cuidar y como se vivió aquella situación en casa, y sobre
todo una protagonista: Ana, una mujer que pone toda la ilusión en cualquier
empresa que lleva a cabo.
Una mujer, dijo, que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir.
Nos descubre el carácter y la personalidad
de esta mujer extraordinaria, desde los ojos de este pintor que pierde a su
musa, y de cómo vivió él los meses de la enfermedad de ella, de cómo los vivió
ella desde los ojos de él.
Es algo que suele suceder con los muertos: lamentar no haberles dicho a tiempo cuánto los amabas, lo necesarios que eran.
Y desde los ojos de todos los que la rodean,
contado desde el recuerdo, contado con esa calma que da el paso del tiempo,
cuando el dolor es distinto, cuando permite dulcificar esos recuerdos tan
dolorosos.
Retrato realizado por Eduardo García Benito Nada importaban los silencios, el tedio de las primeras horas de la tarde. Estábamos juntos y era suficiente. Cuando ella se fue todavía lo vi más claro: aquellas sobremesas sin palabras, aquellas miradas sin proyecto, sin esperar grandes cosas de la vida, eran sencillamente la felicidad.
Nos cuenta los detalles, esos detalles que
no parecen importantes en el día a día, pero que son los que realmente hacen
únicas a las personas, que hacen la vida tan especial. Como ese título tan
apropiado “Señora de rojo…” ella que da la luz, la alegría, el color a ese
“…fondo gris” que sería la vida sin ella.
Una novela corta, espectacular, hermosa
prosa que bien podría ser poesía.
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