domingo, 6 de octubre de 2019

Ardiente secreto - Stefan Zweig


Stefan Zweig vuelve a mis lecturas. Esta vez nos cuenta una historia desde la perspectiva de un niño. Un niño que se convierte en protagonista, los sentimientos de ese niño que descubre el mundo de los adultos.
Unas vacaciones en un hotel en temporada baja. Un barón que busca algo que hacer en esas vacaciones que no llegan en el mejor momento para disfrutarlas. Una madre y un hijo que pasan allí también unos días, un hijo de salud débil.
Un niño que encuentra en el barón a un amigo.

Edgar yacía en la oscuridad, feliz, desconcertado, quería reír y no podía evitar el llanto, porque amaba a aquel hombre como nunca había querido a un amigo, ni a su padre ni a su madre, ni siquiera a Dios. Toda la pasión inmadura de sus pocos años estrechaba la imagen de aquel hombre, cuyo nombre hacía apenas unas horas que conocía.

Un hombre que encuentra en el niño la forma de llegar a la madre.

Una mujer tiene entonces que decidir entre vivir su propio destino o el de sus hijos, entre comportarse como una mujer o como una madre. Y el barón, perspicaz en esas cuestiones, creyó notar en ella aquella peligrosa vacilación entre la pasión de vivir y el sacrificio.

Y una relación vista desde los ojos de ese niño que pasa de ser el centro de atención a simplemente un estorbo. Esta es la historia de fondo pero lo realmente interesante es como Stefan Zweig nos cuenta los sentimientos de ese niño durante esos días de vacaciones que van a transformar su forma de ver el mundo, como Stefan Zweig nos cuenta las dudas, los malentendidos de esa edad en la que la infancia está quedando atrás, la indefensión de ese niño ante problemas nuevos. Como un niño puede comportarse como un adulto si es necesario, ¿y qué significa comportarse como un adulto?

Nada agudiza tanto el ingenio como una apasionada sospecha, nada desarrolla más todas las posibilidades de un intelecto inmaduro como una pista que conduce hasta la oscuridad.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Rebelión en la Granja – George Orwell


Iniciamos temporada en el club de lectura Escuela de mandarines con un clásico que muchos conoceréis, que incluso hayáis leído: Rebelión en la Granja. Una novela publicada en 1945 que no ha perdido actualidad. Una denuncia al socialismo interpretado por Stalin que nos muestra como pueden actuar los totalitarismos, como se puede manipular una situación de poder, incluso a la que se ha llegado en democracia, que va más allá de la situación puntual que podría denunciarse inicialemente. 
Los animales de una granja se rebelan contra su dueño humano y consiguen expulsarlo. Son ellos ahora los que gestionan la granja, los que trabajan para si mismos, los que deciden. Pero en cualquier sociedad se necesita una dirección, un gobierno, y en la Granja Animal cada especie tiene un papel distinto. Son los cerdos los que asumen el papel de dirigentes con el beneplácito de los demás. La novela nos va mostrando como evoluciona esta gestión de la granja, desde las decisiones tomadas entre todos los animales hasta las que llegan solo desde Napoleón, el cerdo que se erige en responsable de la granja. Y la importancia de la fuerza, contra la que quizás es más fácil rebelarse, del lenguaje, de la memoria, de la manipulación de la historia, de como lo que nos cuentan va quedando en nuestra memoria aunque la historia haya sido distinta, aunque hayamos vivido esa historia. De los cantos de sirena, del autoconvencimiento de que ahora todo es mejor, de que antes era peor. De como con las palabras adecuadas cualquier situación puede interpretarse en el sentido que alguien quiera darle.
Los animales de la granja como protagonistas, una herramienta que permite llegar a más lectores, que permite utilizar una fábula para contar una realidad de la que es difícil darse cuenta precisamente por lo que en ella se denuncia, sobre todo por como somos capaces de manipular con el lenguaje. ¿Y no sigue siendo tan real hoy?

domingo, 1 de septiembre de 2019

Malas artes – Donna Leon


Llegó el verano a mis lecturas con Donna Leon. Es lo que pensé cuando leí las primeras páginas de esta novela. Brunetti: Un clásico de mis veranos. Entrega donde disfrutamos de nuevo de Venecia, más que de sus canales, de sus calles, de sus edificios con problemas de accesibilidad, de su día a día, esa Venecia que no vemos los turistas. Y, cómo no, de la estupenda cocina de Paola, de las lecturas en casa. Una estudiante de Universidad, alumna de Paola, aparece muerta en su piso de estudiantes. Nieta de alguien que murió en un manicomio de la ciudad quizás acusado injustamente, y del que esperaba poder limpiar su nombre. Una historia familiar que nos lleva a los recuerdos de una Italia de la II Guerra Mundial, los recuerdos de aquellos que estuvieron allí, como Hedi Jacobs, la abuela austriaca de Claudia. Los recuerdos que quedan en los hijos de los protagonistas de aquel entonces, como el propio Brunetti. Y obras de arte, el arte que no es un buen compañero de viaje cuando hay que exiliarse, que es una oportunidad para aquellos que se benefician en momentos de incertidumbre. Un pasado que sigue presente. Y nuevas historias tan antiguas como la civilización.
Una imagen de la burocracia italiana también protagonista de esta historia, esa por la que conoceremos como algunos de los negocios de Venecia salen adelante, tantos relacionados con el arte. Y tantas relaciones personales necesarias para llegar a donde está la información, necesarias para el trabajo policial. Necesarias para llegar a descubrir cual de los tres motivos por los que se llega a asesinar es el que aplica a la muerte de Claudia: amor, dinero, poder.
Y la lealtad, la lealtad a pesar del paso del tiempo, a pesar de las apariencias, a pesar de las injusticias o quizás por ellas.