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domingo, 15 de abril de 2018

La guitarra azul – John Banville


Otro autor que conozco gracias al club Escuela de Mandarines. Había oído hablar de él pero es ahora, con su guitarra azul, cuando ha pasado por mis manos. Me ha recordado bastante a Paul Auster, aunque no sabría decir por qué. Debe ser por ello que con frecuencia mi mente se iba a Estados Unidos aunque esta novela se ambiente en una Irlanda del pasado siglo verde y fría, quizás por tener cierto aire cinematográfico.

Por cierto, he notado que la lluvia jalona mi relato con sospechosa regularidad.

Y esta novela no la recomendaría por la historia que cuenta: un pintor cleptómano inmerso en un triángulo amoroso y, sobre todo, el pasado, los recuerdos y remordimientos que quedan de la infancia, del ayer, también el pasado físico, no solo los recuerdos, al volver al lugar donde vivió.
Tampoco la recomendaría por los personajes, desde luego no son ejemplos a seguir, ¿o si? Interesante ver como arte y artista no tienen que ir de la mano. Es frecuente pensar que un buen artista será también una buena persona así que, a menudo, cuando sale a la luz algo reprobable de alguno, en cierta forma, su arte pierde valor. Aquí podemos ver como llegan a ser independientes y quizás así debiera ser.
Sin embargo, un protagonista indiscutible, quizás egocéntrico, quizás, como cada uno de nosotros.
Que él lo hubiese guardado durante todos aquellos años y además en una carpeta especial fue un duro golpe. A veces tengo la sospecha de que son muchas las cosas que se me escapan en el transcurrir de los días.
Con lo que más he disfrutado es con la forma de contar, también una buena traducción de Nuria Barrios, sin duda. Una historia habitual transformada en especial gracias al autor. He disfrutado mucho y me he enfadado, me he enfadado con ciertas situaciones, pero eso es lo bonito de la literatura, que te cuente lo que te gusta y lo que no, en este caso de una forma fantástica.
Está Olly que inicia una relación con Polly, la mujer de su amigo, la amiga de su propia mujer.
pero no me lie con Polly confiando en que el ardor que generábamos al estar juntos avivaría las brasas de la inspiración hasta encender un fuego jubiloso, ¡No! Para entonces las brasas se habían transformado en cenizas y, es más, ya estaban frías.
Está Polly, para la que Olly era un dios… está Gloria, está Marcus… está la rutina, la fuerza de ellas, cierta debilidad de ellos…
Y el arte, detalles sobre pintura aquí y allá, libros, teatro, poesía… Maldita sea, otra nueva digresión.