domingo, 23 de mayo de 2021

Los ingratos– Pedro Simón

Una muy acertada recomendación de una amiga me ha llevado al Premio Primavera de este 2021.

Un niño de los años 70 nos cuenta los años que pasó en un pueblo, del que no conocemos el nombre. David nos cuenta sus peripecias en este pueblo, un forastero hijo de la maestra, con un padre que trabaja en la capital y que solo viene los fines de semana, que solo envía una postal desde sitios lejanos otras veces, con dos hermanas mayores que quedan en segundo plano. Lo acompañamos en sus descubrimientos sobre la vida, en la relación de sus padres que la distancia dificulta, en sus tardes interminables con los amigos donde todo era posible y donde, a su vez, los límites estaban claros: los almendros. Unos años 70 que llevan a este niño a descubrir la amistad, a ampliar su círculo familiar, tan importante en esa infancia que tan rápido y tan lenta pasa, unos años 70 donde todo llega a ser posible, esos años 70 donde las dificultades siguen siendo muchas.

David nos cuenta la relación con Emérita, una señora del pueblo que llega a cubrir el espacio de una madre desbordada por el trabajo en la escuela y en la casa, una señora sorda que cuida de él y de la casa familiar, pero sobre todo de él, de Currete como ella lo llama, Currete que a su vez cuida de esta señora grande, grande de cuerpo y de corazón. Una señora que se convierte en su segunda madre, una señora con la que entabla una relación de cariño difícil de imaginar para ambos, el hueco de un padre ausente, el hueco de un hijo que falleció.

Una novela que nos habla también de esa adolescencia posterior, donde la familia se ha mudado a la capital, la adolescencia, donde sin necesidad de kilómetros, nos alejamos del mundo infantil, donde queremos romper con todo, esa edad que nos hace olvidarnos de aquellos que lo fueron todo y también llega esa madurez, la que nos lleva a reencontrarnos con aquello que llegamos a creer que no era importante, aquello que podemos haber perdido para siempre.

La infancia, muy presente en mis recientes lecturas: El lector de Julio Verne de Almudena Grandes, El miedo de los niños de Antonio Muñoz Molina, La niña que iba a la escuela en hipopótamo de Yoko Owaga.

Esa infancia que tan importante es en la vida de todos y que tanto condiciona lo que luego somos, esa infancia donde los días son tan largos, esa infancia que parece discurrir lentamente, la infancia que vuelve cuando llegan los lugares comunes. En definitiva, una novela entrañable que nos habla de lo que nos hace diferentes, de lo que nos hace iguales. Una novela que nos habla de una época ya desaparecida, una época en la que se viajaba sin cinturón, una época de tardes interminables y en la que se jugaba sin la vigilancia directa de los mayores.

domingo, 9 de mayo de 2021

Tres días y una vida – Pierre Lemaitre



Pierre Lemaitre vuelve al blog gracias al club Te leeré miércoles. Una lectura que me ha tenido el estómago encogido y que no podía abandonar. ¡Qué bien cuando un libro no para de llamarte hasta que llegas al final de sus páginas!

A finales de diciembre de 1999, una sorprenderte serie de sucesos trágicos sacudió Beauval, el más importante de todos, la desaparición del niño Rémi Desmedt. En esta región cubierta de bosques y habituada a un ritmo lento, la súbita desaparición del pequeño causó estupor e incluso fue considerada por muchos de los habitantes como un presagio de futuras catástrofes.

Así empieza esta novela donde el lector acompaña a Antoine, un niño de 12 años, protagonista de esta historia, conoce donde está Rémi, de 6 años, conoce que es Antoine el que, en un arrebato, golpea al pequeño. Y los hechos son importantes, pero lo es más la psicología del suceso, la de Antoine que vivirá a partir de ahora con esta espada de Damocles. Obviamente quedan en manos del autor esos detalles que le permiten recordarnos que todo pende de un hilo, que los demás también deciden sobre nuestra vida, que con 12 años hay que tomar decisiones.

Una historia donde la casualidad, igual que en la vida, juega un papel trascendental, donde que una madre no permita a su hijo jugar con videojuegos puede llegar a desencadenar una pesadilla en este pequeño pueblo francés. Una pesadilla que lo será también para Antoine, conocer algo que no conocen los demás condicionará toda su vida. Conocer que ha sido él el que ha puesto fin a la vida del pequeño, conocer el lugar donde se encuentra el cuerpo, conocer que la casualidad ha conseguido evitar que salga a la luz toda la historia.

Y la vida sigue para Antoine y la vida sigue para este pequeño pueblo francés, al menos aparentemente. Y el autor nos lleva a unos años después y de nuevo las casualidades y de nuevo las decisiones que se toman por aquello que pensamos que sucederá si…, por aquellos que queremos, las decisiones por aquel día de 1999. En definitiva, la condición humana.

Una vida, tres días…

Para él, hacerla aún más desgraciada de lo que la imaginaba era inconcebible

Y un apunte: la meteorología se le va de las manos al autor.

Del mismo autor en el blog: Rosy & John – Pierre Lemaitre

 

domingo, 25 de abril de 2021

La niña que iba en hipopótamo a la escuela – Yoko Owaga

Este mes tenemos literatura japonesa en el club Escuela de Mandarines. Una bonita edición de la editorial Funambulista, una lectura que a muchos ha recordado a Heidi, son algunos los paralelismos, es cierto, sobre todo la alegría que queda incluso cuando de fondo está la enfermedad de una niña. Una historia amable, cotidiana y, sin embargo, extraordinaria. Tomoko al cumplir 12 años va a vivir con la hermana de su madre y toda su familia. Es el año 1972, el tren bala acaba de realizar su primer viaje. Tomoko llega a otra ciudad, a Ashiya, inicia allí la secundaria y sobre todo convive Mina, su prima, que sufre de asma y va en hipopótamo, una hipopótama enana, a la escuela. Una familia que vive en una gran mansión y que acoge a Tomoko como una más, la casa que está presidida por dos ancianas, la tía abuela Rosa de ascendencia alemana y la señora Yoneda, el ama de llaves japonesa, una más de la familia, la que realmente toma las decisiones, por el tío que es tan carismático, capaz de arreglar cualquier objeto estropeado, que condiciona la actividad de la propia casa pero ausente a menudo, un gran misterio que a Tomoko le gustaría resolver. También tenemos al señor Kobayashi el jardinero y cuidador de Pochiko la hipopótama y un primo que estudia en Austria. La tía que tiene una habitación propia y Mina, también con su habitación propia: el baño de luz, esa habitación que permite a las primas sus confidencias.

El vínculo con la literatura, con los escritores, como afecta la muerte del premio Nobel Yasunari Kawabata, tanto como si fuera un conocido de la familia. Los libros y las bibliotecas presentes en esta familia heredera de la bebida Fressy que siempre está en la mesa y disponible a todas horas. Pero las historias no solo están en los libros también en esas cajas que albergan las de cerillas que colecciona Mina. Historias de esos personajes de sus ilustraciones que pueblan la imaginación de la niña de luz, la que tiene una gracia extraordinaria para prender cerillas.

Los juegos olímpicos de Munich tienen también su protagonismo en esta historia, esa ilusión por el deporte, por el voleibol, a una edad en la que es fácil vivir en primera persona los avances de una selección olímpica. El espíritu olímpico. Aquellos juegos que estuvieron marcados por el secuestro y asesinato de deportistas de la delegación de Israel.

Un año en la vida de una niña de 12 años que le supone un punto de inflexión. Un año que compartirá con su familia en un mundo lleno de aventuras sin salir de casa. La vida de los adultos vista desde los ojos de esta niña de 12 años que años después nos cuenta como recuerda aquel año de 1972 en aquella mansión que ya no existe, aquellos meses que parecían eternos que le permitieron compartir las ilusiones de la niñez y guardar recuerdos inolvidables.