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domingo, 7 de junio de 2026

Peligro de derrumbe – Pedro Simón

Vuelvo a Pedro Simón, tenía muy buen recuerdo desde Los Ingratos y se ha confirmado de nuevo. Su escritura engancha. En esta novela nos habla de un pasado cercano, un pasado que se repite en la actualidad.

Una sala de espera, nueve candidatos, un solo puesto de trabajo. La escena nos resulta familiar, nos recuerda a El método una película que se centra en lo que sucede en esa sala de espera. En esta novela, la sala de espera es secundaria, es solo la excusa, lo importante es la vida de cada uno de los candidatos, de como han llegado a esta situación, una situación desesperada la de los nueve. Tenemos un entrevistador, uno que se infiltra en esa sala de espera, pero que pronto pasa a ocupar su sitio detrás de una mesa, una situación de poder, un juego, múltiples entrevistas, descubrimos también que la vida de muchos de ellos se entrelaza, descubrimos, ya hacia el final de la novela, que no siempre lo que parece casual lo es.

Primero los conocemos por sus características, conforme avance la novela, conoceremos sus nombres, su historia… la mujer del bolso marrón, el señor de los anillos, el chico que tiene un tic en el ojo, la universitaria de las gafas verdes, el chaval de los ojos hundidos, la madre de manos pequeñas, el cuarentón de patillas pobladas, el profesor de la barba blanca, la señora que frunce el ceño… capítulo a capítulo vamos conociendo sus vidas, capítulos en exclusiva para cada uno. La universitaria que no encuentra trabajo, la madre que no llega a fin de mes a pesar de no parar de trabajar, el profesor que se quedó sin academia, el inmigrante que no llegó a Jauja, el empresario cuya familia piensa que los negocios siguen yendo bien.

Historias que te encogen el estómago narradas de forma magistral, un nudo difícil de romper. Historias que se repiten no tan lejos.

También del autor en este blog.

Los ingratos.

domingo, 23 de mayo de 2021

Los ingratos– Pedro Simón

Una muy acertada recomendación de una amiga me ha llevado al Premio Primavera de este 2021.

Un niño de los años 70 nos cuenta los años que pasó en un pueblo, del que no conocemos el nombre. David nos cuenta sus peripecias en este pueblo, un forastero hijo de la maestra, con un padre que trabaja en la capital y que solo viene los fines de semana, que solo envía una postal desde sitios lejanos otras veces, con dos hermanas mayores que quedan en segundo plano. Lo acompañamos en sus descubrimientos sobre la vida, en la relación de sus padres que la distancia dificulta, en sus tardes interminables con los amigos donde todo era posible y donde, a su vez, los límites estaban claros: los almendros. Unos años 70 que llevan a este niño a descubrir la amistad, a ampliar su círculo familiar, tan importante en esa infancia que tan rápido y tan lenta pasa, unos años 70 donde todo llega a ser posible, esos años 70 donde las dificultades siguen siendo muchas.

David nos cuenta la relación con Emérita, una señora del pueblo que llega a cubrir el espacio de una madre desbordada por el trabajo en la escuela y en la casa, una señora sorda que cuida de él y de la casa familiar, pero sobre todo de él, de Currete como ella lo llama, Currete que a su vez cuida de esta señora grande, grande de cuerpo y de corazón. Una señora que se convierte en su segunda madre, una señora con la que entabla una relación de cariño difícil de imaginar para ambos, el hueco de un padre ausente, el hueco de un hijo que falleció.

Una novela que nos habla también de esa adolescencia posterior, donde la familia se ha mudado a la capital, la adolescencia, donde sin necesidad de kilómetros, nos alejamos del mundo infantil, donde queremos romper con todo, esa edad que nos hace olvidarnos de aquellos que lo fueron todo y también llega esa madurez, la que nos lleva a reencontrarnos con aquello que llegamos a creer que no era importante, aquello que podemos haber perdido para siempre.

La infancia, muy presente en mis recientes lecturas: El lector de Julio Verne de Almudena Grandes, El miedo de los niños de Antonio Muñoz Molina, La niña que iba a la escuela en hipopótamo de Yoko Owaga.

Esa infancia que tan importante es en la vida de todos y que tanto condiciona lo que luego somos, esa infancia donde los días son tan largos, esa infancia que parece discurrir lentamente, la infancia que vuelve cuando llegan los lugares comunes. En definitiva, una novela entrañable que nos habla de lo que nos hace diferentes, de lo que nos hace iguales. Una novela que nos habla de una época ya desaparecida, una época en la que se viajaba sin cinturón, una época de tardes interminables y en la que se jugaba sin la vigilancia directa de los mayores.