Los 80 y los 90 en el barrio de San Blas de Madrid, la vida ya no era fácil, pero si además eres diferente… Alana S. Portero relata de forma extraordinaria la adolescencia en aquella época, la familia, la vida de barrio, como los vecinos forman parte de esa familia. De forma tranquila, con delicadeza, pero sin endulzar ninguna situación, Alana cuenta su vida, la suya y la de tantos, narra esos años de la primera juventud en la que se forma la identidad de cada uno, cuenta con delicadeza la relación con su familia, el apoyo sin palabras de una familia trabajadora a ese hijo que busca su lugar, el apoyo de ese hermano, uno de los pocos hombres buenos que conoce.
Una parte fundamental de la estrategia de construcción de mi armario consistía en aparentar desgana ante cosas que estaba loca por hacer pero que, de hacerlas con entusiasmo, desvelarían una naturaleza no especialmente masculina.
Una historia que muestra la crudeza de esos años 80 y 90, esos donde no todo era “La movida”, donde la propia movida tenía una cara B. Una historia que va mostrando como se construye ese armario del que luego hay que salir, como encuentra a aquellos que le ayudarán con sus dudas, tantas y tan difíciles de gestionar, a aquellos que la acompañarán en este viaje, como encuentra a aquellos que la forzarán a construir un muro que evite que pueda interaccionar con ese mundo, con el que no le era hostil, para que el hostil no dé problemas. Una historia contada tras la vuelta a casa, tras la vuelta al barrio, tras nuevos puntos de vista de lo ya conocido, desde la madurez de tantas pruebas superadas, desde donde siguen siendo necesarias herramientas, muchas, desde donde siempre será más difícil, desde una vida donde es posible la convivencia.
En esas oportunidades mi padre se levantaba del sofá y se acercaba a la cocina a vigilar el guiso, abría la nevera, se preparaba un montadito pequeño de cualquier cosa que hubiese, volvía al salón, le daba un bocado e inmediatamente me lo cedía a mí. Era su forma de decirme que no tenía la más remota idea de cómo hablar conmigo, que no me había entendido nunca pero que estaba dispuesto a sacarse la comida de la boca para alimentarme. Que me quería hasta la inanición si fuese necesario.
