Una historia archiconocida con la que he
participado en la lectura simultánea organizada por No
solo leo. Archiconocida pero no necesariamente leída. Es muy
fácil haberla visto en numerosas ocasiones y en numerosas adaptaciones en la
pequeña y en la gran pantalla, con actores reales o con dibujos animados, unas
más acordes con el original de Dickens otras realizadas con bastante libertad,
pero siempre con un argumento común: un protagonista avaro, con su dinero, su
tiempo y sobre todo sus afectos y tres fantasmas que le harán reflexionar.
Así que con este libro apenas ha habido
sorpresas sobre el argumento, aunque lo que nos imaginamos al leerlo, no tiene
por qué ser igual a lo que el autor de cualquiera de las películas que vimos
imaginó, eso sí, al menos en mi caso, la imaginación está muy influida por lo
que otros nos han mostrado.
Algunos pasajes de las navidades pasadas han
sido bastante inesperadas, también las del futuro. He visto a un Ebenezer
Scrooge más humano de lo que recordaba, no al principio, por supuesto, pero si
una vez que empiezan a llegar los fantasmas. Y me sigue sorprendiendo el
sobrino, ¡qué difícil es mantener la buena predisposición hacia alguien, cuando
ese alguien no pone nada de su parte!
Y, ¡cómo no!, es la ocasión para
pensar en nuestras propias Navidades, las del pasado, sobre todo las de la infancia,
las presentes, que rápidamente se convierten en pasadas y todas las del futuro
sobre las que podemos poner nuestro grano de arena para que sean un poco
mejores.
Leer un clásico es un placer, ver como
nuestro presente, tan tecnológico, se diferencia tan poco de lo que nos cuenta
Dickens nos hace pensar en la grandeza del autor para contarnos una historia
que sigue viva tantos años después. Y también que, quizás, el mundo no haya
evolucionado tanto.



















