sábado, 19 de agosto de 2017

Patria - Fernando Aramburu



Posiblemente sea la libro más leído este año y no he podido resistirme. Creo que todo el mundo ha oído hablar de él y sabe que nos habla de la historia reciente de España. Y precisamente en esta palabra España reside el problema para tantos y Aramburu nos lo cuenta desde esta novela que quiero pensar que es tan real.

Dos familias y nueve personajes, conocemos su vida en capítulos cortos que nos llevan de la mano al fondo de esta historia tan reciente que sigue tan presente en la vida de tantos, de tantos que la vivimos desde más cerca o desde más lejos cada día durante tanto tiempo. Y esa otra palabra.
Me ha gustado mucho el enfoque del libro, hubiera sido fácil ser morboso, lo que nos cuenta es lo desconocido para muchos, lo que quizás ayuda a conocer este sinsentido y quizás refleja lo que tantos conocen en primera persona. Cómo, el día en el que se acabó oficialmente la lucha armada, cada uno de los protagonistas ha llegado a donde está.
Es fácil encariñarse con alguno de los personajes, es fácil pensar que los conoces personalmente, tanto que escuché la lectura de uno de los capítulos por la radio y me disgusté al no reconocer la voz de Bittori ¡la había suplantado!
El Txato, “más que enterrarlo parece que lo estamos escondiendo”. Arantxa, saliendo adelante. Bittori que quiere respuesta o quizás una sola. Gorka, el más gris y, sin embargo…
Algunos detalles de esta novela me hubiera gustado que fueran distintos, entre ellos el final, otros que parecen algo forzados una vez que la dejas reposar y como historia, obviamente, me hubiera gustado que la novela fuera completamente ficción.
Una novela leída en castellano que entremezcla palabras en euskera y giros propios de la zona lo que aún la hace más creíble. Una novela con la que yo he viajado a ese pueblo de San Sebastián, he paseado por sus calles bajo la lluvia y he cogido el autobús para llegar a la ciudad.

domingo, 6 de agosto de 2017

La princesa india – Inma Chacón




Una historia a caballo entre dos continentes. Ehecatl, una princesa india, la historia de su vida desde su nacimiento, un parto difícil en el que falleció su madre y su hermano. Tradiciones que se ven truncadas con la llegada de los teules de un lugar lejano. Teules que no lo son y que traen grandes cambios, como un cambio de nombre, Ehecatl se transforma en Aurora. Cambios y dolor, y también un futuro inesperado.

Lorenzo, que ha llegado a América dejando atrás problemas familiares, vidas que se entrecruzan y costumbres tan distintas, compromisos y descubrimientos, el inicio de una nueva vida, pero sin olvidar la anterior, deseos de compartir el pasado con el presente.
Una vuelta a España que inicia un cúmulo de dificultades, dificultades que nos permitirán conocer una época y un lugar, el sur de España poco después del descubrimiento de América. Un cruce increíble de culturas: judíos, indios, moriscos, castellanos… Y siempre Ehecatl, una princesa capaz de salir delante de cualquier dificultad. Una princesa capaz de hacer un mundo mejor.
Inma Chacón inicia su carrera literaria con esta historia. Una petición de su hermana gemela Dulce, una petición que le abre un mundo nuevo en el que disfruta tanto. Es la única novela que he leído de ella, me ha costado un poco seguirla, quizás por los múltiples saltos dentro de la historia, una herramienta que me gusta, pero que en esta ocasión ha sido algo más difícil de seguir que en otras ocasiones, sobre todo en la primera parte de la historia, posiblemente por los lugares y nombres exóticos para mí.

No hay mayor culpable que aquel que se apropia de un error que no le corresponde, ni culpa más dolorosa que la que no puede expiarse, a pesar del arrepentimiento.

Inma Chacón nos presenta una época convulsa, una época llena de culturas distintas donde se hace tan difícil la convivencia el “Nuevo” y el “Viejo mundo”, tantas situaciones que se repiten, tantas dificultades y tanto sufrimiento y, sin embargo, tantos proyectos y esperanzas.

sábado, 22 de julio de 2017

Amigos en las altas esferas – Donna Leon


Llega el verano y vuelve Guido Brunetti a mis lecturas. Así empezaba una reseña anterior de un libro de la serie y así vuelve a suceder un verano más. En esta ocasión Amigos en las altas esferas. Inicia la novela con un problema administrativo relacionado con el apartamento de Guido y Paola. Rossi, un funcionario del Ufficio Catasto, visita el apartamento un sábado recordando una carta que informaba de problemas administrativos y que quedó olvidada. Y de Rossi no se sabe nada más hasta que un día llama a Brunetti a la oficina, una llamada que queda en espera y que nunca sabremos lo que quería contarle. El funcionario del Ufficio Catasto aparece muerto al caerse de un andamio en un edificio abandonado.
Y esta entrega estará también presente la droga en Venecia y alrededores: tráfico y muerte por sobredosis. Tramas que se entremezclan presentando una crítica importante a la forma de ser veneciana, posiblemente a la forma de ser italiana en general. La forma de abordar un problema legal, puesta de manifiesto una vez más por Donna Leon en sus novelas, escritora que reside en Venecia desde hace varias décadas y para la que, imagino, supuso un choque cultural la Venecia donde vive con su New Yersey natal, aunque habiendo viajado y residido en tantos países y tan dispares: China, Irán…, ese choque cultural que yo quiero ver reflejado en sus novelas sea posiblemente una impresión mía.
No tengo claro que la serie de Guido Brunetti pueda denominarse novela negra, quizás esta entrega la que menos de la serie. Quizás por ello disfruto tanto con ella, es cierto que hay asesinatos, es cierto que hay intriga y corrupción, bastante corrupción, pero también es cierto que la comida, la buena comida es una de las protagonistas de cada una de las novelas, difícil de encontrar en la novela negra más al uso, donde el protagonista siempre come de cualquier manera, sin horarios, sin familia estructurada… Simplemente pasando las páginas de una forma rápida es fácil encontrarse con referencias como


-Lo mejor que puede hacerse con los guisantes tempranos es un buen “risotto”, ¿no?
Paola había ido al mercado del Rialto, a comprar cangrejos.

Ver a sus hijos enrollar en el tenedor las “parppadelle” recién hechas, le infundía una irracional sensación de seguridad y bienestar, y también él empezó a comer con buen apetito. Paola se había tomado la molestia de asar y pelar los pimientos, y la salsa estaba cremosa y dulce, como a él le gustaba. Las salchichas contenían granos de pimienta roja y blanca hundidos en la suave masa del relleno, como cargas de profundidad del sabor, preparadas para hacer explosión al primer mordisco, y Gianni, el carnicero, tampoco había sido avaro con el ajo.
Y luego queda la lectura de los clásicos:
…el último párrafo del octavo capítulo de la Anábasis, porque quería averiguar qué nuevos desastres aguardaban a los griegos en su retirada.
Es una de las novelas de la serie con la que más he disfrutado, quizás porque el desarrollo ha sido menos estándar, quizás porque no tengo claro que se haya resuelto el crimen presente en esta novela, quizás porque se ha presentado crímenes diarios a los que se les da cierta normalidad. Una agradable lectura siempre recomendable.
De la misma autora en este blog:

domingo, 9 de julio de 2017

Diario – Ana Frank



Una amiga me propuso leer cada día un día del diario de Ana Frank tras visitar el anexo en un viaje a Ámsterdam. Una bonita experiencia esta lectura conjunta que nos ha llevado a compartir algo más de dos años de la vida de Ana durante varios meses.

Las personas libres jamás podrán concebir lo que los libros significan para quienes vivimos encerrados.

El diario lo leí por primera vez de adolescente y todavía recuerdo como imaginaba ese anexo, tan claustrofóbico para mí, en aquel entonces. Conocer el escenario real, claustrofóbico también obviamente, y, seguramente el paso de los años, ha hecho que la lectura haya sido algo distinta: ¡Cómo imaginar que 8 personas puedan vivir escondidas sobre un almacén durante más de 2 años!
Ana inicia un diario el día de su cumpleaños, una escena que se repite tanto, o se repetía, en una adolescente. Un diario que pronto se convierte en testigo de su historia y a la vez historia de un sinsentido. Un aspecto de aquella locura que hemos conocido siempre gracias a Ana, aquel deseo de ser escritora, que se convierte en realidad de forma imprevista, aunque nunca imaginó que sería así.

Para alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años. Pero eso en realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más aún de desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas.

Como pasar más de 2 años con miedo, en un espacio tan reducido para tantas personas, con tantas restricciones, en una edad donde todo queda pequeño y, sin embargo, manteniendo la esperanza en un futuro mejor, en un futuro donde poder seguir adelante con esa vida que un día se truncó.

Montar en bicicleta, bailar, silbar, mirar el mundo, sentirme joven, saber que soy libre, eso es lo que anhelo, y sin embargo no puedo dejar que se me note, porque imagínate que todos empezáramos a lamentarnos o pusiéramos caras largas... ¿Adónde iríamos a parar?

Es fácil reconocerse en alguna de esas páginas de este diario, esos pensamientos adolescentes que parecen únicos. Escenario distinto, época y circunstancias difícilmente comparables. Un testimonio de valor incalculable que Ana nos trae y que no deberíamos olvidar. Como el día a día puede desaparecer sin apenas darnos cuenta y convertirse en una barbaridad para tantos.

domingo, 18 de junio de 2017

La plaza del Diamante – Mercè Rodoreda



Despedimos el curso del club de lectura Escuela de Mandarines con Mercè Rodoreda en La plaza del Diamante, una novela clásica donde Natalia, difícil recordar que este es su nombre, nos cuenta su vida.
La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no.
El día que conoció al Quimet comienza esta historia, comienza la historia de Colometa, y desde ahí todo será una avalancha sobre la que podrá tomar pocas decisiones. Entrelazamos con su vida la historia de un país, de un momento histórico donde tantos poco más pueden hacer que seguir adelante. Y ¡qué importante el nombre! Un nombre nuevo, una vida nueva para esta protagonista que nos contará lo que el Quimet quiso tener, esa mujer que cuidaba de sus palomas, uf las palomas ¡qué significativas en esta historia!, de sus hijos, de su casa, que ahí estaba siempre, aunque el Quimet no estuviera a menudo. Y Natalia, que ahí seguía escondida esperando tener la oportunidad de ser simplemente Natalia.
Mercè Rodoreda nos cuenta esta historia desde Ginebra, unos 30 años después del momento que refleja su inicio, quizás ya con la perspectiva suficiente para, con la serenidad que puede dar el paso del tiempo, traernos la vida en los años que rodearon a esa guerra civil que tanto deberíamos conocer ya. Y nosotros lo leemos ahora, ahora que ha pasado tanto y tan poco tiempo a la vez, con unos cambios en la sociedad que hacen difícil ponerse en la piel de aquel momento y ver con los ojos de entonces la vida de Colometa, de esta protagonista a la que es difícil no querer, y de todos aquellos que están a su alrededor, el Mateu, la señora Enriqueta, el Antoni, el Toni, la Sara… ¿Leemos o escuchamos? Escuchamos porque la lectura se transforma en una historia contada para ti, contada por Colometa tranquilamente, a la sombra, una larga tarde de verano.
Y sentí intensamente el paso del tiempo. No el tiempo de las nubes y del sol y de la lluvia ni del paso de las estrellas adorno de la noche, no el tiempo de las primaveras dentro del tiempo de las primaveras, no el tiempo de los otoños dentro del tiempo de los otoños, no el que pone las hojas a las ramas o el que las arranca, no el que riza y desriza y colora a las flores, sino el tiempo dentro de mí, el tiempo que no se ve y nos va amasando. El que rueda y rueda dentro del corazón y le hace rodar con él y nos va cambiando por dentro y por fuera y poco a poco nos va haciendo tal como seremos el último día.