Leí Intemperie, fantástico,
y, sin embargo, no he podido leer nada de Jesús Carrasco después, seguía con el
estómago encogido y me veía incapaz de adentrarme en las novelas que vinieron
después, especialmente, en La tierra que pisamos. Y sigo sin leer nada
de él, ha sido el propio Jesús Carrasco el que ha leído para mí su Elogio de
las manos, fantástico, mi primera experiencia con un audiolibro. Una casa
abandonada, próxima a ser derruida para la construcción de una urbanización es la
protagonista de esta obra, protagonista y excusa para hablar de las manos, de
las manos que hacen, que escriben, que arreglan, que ordenan, que cuidan, las
manos y el poder de lo cotidiano, el valor de la supervivencia, el valor de
reciclar, el valor del reciclaje cuando no se conocía esa palabra, cuando no
era una elección, el valor del conocimiento trasmitido de padre a hijo, el
valor de los objetos que va más allá de la función que tienen, el valor de la familia,
de la amistad, de la vecindad, el valor del conocimiento ancestral. Una casa y
los veranos pasados allí, una casa que hay que reparar, que hay que adaptar,
una casa que desaparecerá en breve,
una casa que permite al autor rescatar una infancia, la suya y, también,
construir la de sus hijas, una casa que permite compartir, compartir buenos
momentos, compartir habilidades, crear lazos, una casa que permite compartir
espacios y tiempo con animales domésticos, con aquellos que no se humanizan.
Una fantástica obra que rescata un valor perdido, el de lo cotidiano, el de
aquello que no llega envuelto en una caja, el valor de una historia compartida,
el valor de un pasado que sobrevive al presente, que hace mejor el presente, que
lo construye. Elogio de las manos, elogio del tiempo disfrutado utilizando las
manos para hacer la vida un poco mejor.
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